El Bowery no tenía demasiado que ofrecer aquella noche.
Las aceras estaban húmedas y las luces de los bares se reflejaban sobre el asfalto. En las fachadas, la pintura envejecida y los carteles medio arrancados parecían formar parte del paisaje.
En el número 315 había un local pequeño.
CBGB.
Hilly Kristal lo había abierto unos meses antes con una idea bastante concreta: quería un lugar para escuchar country, bluegrass y blues.
El punk todavía no existía.
Al menos no con ese nombre.
Entonces apareció Tom Verlaine.
Venía con Television, una banda que no se parecía demasiado a lo que Kristal tenía en mente. Verlaine quería tocar allí y consiguió convencerlo.
El primer concierto no fue precisamente un éxito.
Había poca gente.
El escenario era pequeño.
Y a Kristal, la banda no le impresionó demasiado.
Pero volvieron.
Después llegaron otros.
Una noche podían estar allí Patti Smith y Lenny Kaye. Otra, cuatro chicos de Queens que habían decidido llamarse Ramones.
El apellido era inventado.
La actitud no.
Sus canciones eran cortas, directas y tan rápidas que casi parecían terminar antes de que el público hubiera tenido tiempo de reaccionar.
No buscaban impresionar a nadie.
Querían tocar.
Y querían hacerlo a su manera.
En las paredes del CBGB empezaron a convivir músicos que, fuera de aquel lugar, probablemente nunca se habrían encontrado.
Television tenía sus guitarras largas y tensas.
Patti Smith llegaba desde la poesía.
Los Ramones reducían el rock a lo esencial.
Y alrededor de ellos comenzaban a aparecer fotógrafos, artistas y chicos que todavía no sabían exactamente qué estaban buscando.
Quizás lo único que tenían en común era que ninguno parecía estar esperando permiso.
Kristal terminó entendiendo algo.
Si aquel lugar iba a funcionar, tendría que dejar de intentar convertir aquellas bandas en algo que no eran.
Así que puso una condición.
Quien quisiera tocar en CBGB tenía que llevar material propio.
Nada de esconderse detrás de canciones conocidas.
Había que tener algo que decir.
Y de repente, aquel pequeño club comenzó a convertirse en un refugio para gente que no encontraba sitio en ninguna otra parte.
Eso fue lo verdaderamente extraño.
El punk todavía no tenía nombre.
No había una estética definida.
No existía una industria esperando descubrirlo.
No había una fórmula.
Solo había una ciudad enorme, un local diminuto y un grupo de personas que empezaban a encontrarse cada semana.
Afuera, Nueva York atravesaba una época difícil.
Adentro, alguien conectaba un amplificador.
Alguien afinaba una guitarra.
Alguien encendía un cigarrillo.
Y cuando las luces bajaban, durante unos minutos, todo parecía posible.
Nadie allí sabía que años después aquel lugar sería recordado como uno de los puntos de partida de una revolución musical.
Para ellos era simplemente una noche más.
Una canción.
Otra canción.
Y después otra.
Pero algunas noches tienen la costumbre de convertirse en historia mucho tiempo después de haber terminado.
Y mientras aquel pequeño escenario empezaba a llenarse, cuatro chicos de Queens estaban descubriendo que no necesitaban tocar mejor.
Solo necesitaban tocar más rápido.